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Todo comenzó con el muñeco puchero

hace 6 días
2 min de lectura

Por María Luján Enrique

Médica pediatra. Socia de la SAMEN.


Cuando estaba por cumplir 3 años me regalaron “el muñeco puchero”. Un muñeco con el cuerpo de tela y un relleno espumoso, con manitos de plástico y una cabeza giratoria guardada en una capucha dura que envolvía las diferentes caras: una se reía, otra dormía y otra lloraba. Por supuesto, la cara que lloraba y mi escasa edad le dieron el nombre de “muñeco puchero”. No era muñeco dormilón o muñeco simpático. Era puchero. Es que vivía recibiendo vacunas y el juego preferido era calmarlo porque lloraba por cada vacuna recibida.


Me acompañó hasta el último día en que jugué —no puedo recordar ese día— y después quedó guardado hasta hace poco tiempo, cuando una limpieza de la que fue mi casa lo llevó a la basura porque su cuerpo de tela y relleno se había desintegrado.


Tal vez recibió demasiadas vacunas, además de muchos años.

Igualmente, ya había quedado para siempre en el recuerdo del juego de la infancia que me acompañó hasta donde estoy. Mejor dicho, a donde hace más de 25 años me encuentro: la Pediatría.


No quería ser médica. Quería ser Pediatra. Así que, hace muchos años, dejé mi pueblo (Daireaux, situado en la región más pampeana de la Provincia de Buenos Aires) y al muñeco puchero para venir a la Universidad Nacional de La Plata, a la Facultad de Ciencias Médicas.


Todo estaba en orden, salvo una nube dudosa y continua que me acompañaba: también quisiera estudiar letras… leer… escribir… Había que elegir y correr riesgo.

Elegí la Medicina (más exactamente, la Pediatría). Y tuve sobrado material para leer. Luego, la Residencia de Pediatría y seguí leyendo. Y, afortunadamente, volvieron los tiempos de los textos que nos permiten viajar a otros mundos y nos completan con un saber expansivo, diverso… infinito.


Y el tiempo de las vacunas al muñeco puchero se convirtió en una historia seguida de más historias que eran merecedoras de ocupar un papel para no olvidar, para repetir, para desandar, para resignificar, para sanar. Y cada historia me acercaba a la mía. Y se convirtieron en historias las historias de pacientes, familias de pacientes, amigas y amigos, colegas, desconocidas y desconocidos…


Y después de tantos años y tantas historias me encontré con la Medicina Narrativa.


Me encontré con la pieza faltante del rompecabezas. Por momentos me pregunto: ¿la encontré o me encontró?

No es importante. Coincidimos y encontraron sentido las palabras, las historias guardadas y el espacio para la observación y el sentir… La Medicina Narrativa con su enfoque humanizado y tantas personas dándole un sentido diferente al “ser y el hacer”, transformando el tiempo de la enfermedad en un “tiempo de vida que interrumpe la salud” y requiere escucha, cuidado y acompañamiento para sanar.


Y siguieron apareciendo “narrativas” y personas nuevas en el camino. Y se ampliaron las miradas y las formas. Los saberes y hasta los silencios.

Finalmente, el poder de las historias compartidas y el “saber ser mejor Pediatra” desde este lugar también se encontraron.


M. Luján Enrique

27/8/26

La Plata, Buenos Aires.


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