El día en que entendí que también auscultábamos historias.
- SAMEN

- hace 5 días
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Por Bruno Cuturi (socio SAMEN)
En pediatría uno aprende rápido que los niños rara vez cuentan las cosas en línea recta. A veces dicen que les duele la panza cuando en realidad extrañan su casa. A veces juegan mientras reciben quimioterapia. A veces preguntan si van a poder volver a la escuela, o ver a sus hermanos justo en el momento en que los adultos de la habitación intentan no llorar.
Y uno, que se formó para reconocer soplos, adenopatías y neutropenias febriles, descubre lentamente que también debe aprender a escuchar los ritmos ocultos de una historia.
No recuerdo exactamente cuándo apareció la medicina narrativa en mi práctica. Sospecho que mucho antes de conocer el término. Tal vez empezó aquella vez que una madre, en medio de una conversación muy difícil, me dijo: “Gracias por sentarse”. No gracias por el tratamiento. No gracias por la indicación médica. Gracias por sentarse, o cuando un niño en pleno tratamiento me preguntó al entrar a su cuarto “¿Cómo estás vos?”
En oncología pediátrica y cuidados paliativos el tiempo tiene otra textura. Existe el tiempo del protocolo, de la resonancia, del hemograma urgente, y también existe otro tiempo: el del silencio antes de una noticia importante, el de la pausa necesaria para que una familia pueda hacer una pregunta, el de un adolescente que tarda cuarenta minutos en hablar… y finalmente habla.
La medicina narrativa me ayudó a comprender que escuchar no es solamente obtener información clínica. Escuchar es ofrecer hospitalidad, un lugar de acogida.
En la práctica cotidiana eso puede tomar formas muy pequeñas y concretas. Sentarme en vez de hablar parado. Preguntar “¿cómo vienen durmiendo?” antes de hablar del próximo ciclo de quimioterapia. Permitir que un niño me muestre un dibujo antes de revisar una tomografía. Entender que a veces el verdadero síntoma refractario no es el dolor, sino el miedo.
También aprendí que los equipos de salud necesitan ser escuchados. En los pasillos hospitalarios circulan millones de historias no contadas: médicos agotados, enfermeras que recuerdan durante años una determinada mirada, residentes que descubren por primera vez que no siempre es posible curar. La narrativa aparece entonces como un espacio de respiración dentro de sistemas sanitarios que muchas veces viven corriendo.
Hay algo profundamente pediátrico en todo esto. Los niños obligan a desmontar solemnidades innecesarias. Un paciente puede hablarte de la muerte y dos minutos después preguntarte si conoces Pokémon. En cuidados paliativos eso ocurre más de lo que la gente imagina. La vida no desaparece porque exista enfermedad avanzada. A veces, incluso, se vuelve más nítida.
Con el tiempo entendí que muchas familias no recuerdan exactamente los valores del laboratorio ni los nombres más complejos de los tratamientos. Recuerdan otras cosas: quién entró primero a la habitación, quién sostuvo el silencio, quién explicó despacio, quién tuvo tiempo.
Quizás por eso la medicina narrativa no sea para mí una técnica complementaria, sino una forma de presencia. Una manera de recordarnos, en medio de bombas de infusión, guardias largas y pantallas electrónicas, que seguimos trabajando con personas que necesitan algo más que información correcta: necesitan sentirse vistas. Y tal vez nosotros también.

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