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Entrevista narrativa a Beatriz Carballeira

15 oct
2 min de lectura

1. ¿Qué te quedaste con ganas de contarnos?

Quedó pendiente profundizar en las barreras estructurales e institucionales (como la limitación de tiempo, la falta de formación sostenida y la inercia de los modelos asistenciales tradicionales) que dificultan la consolidación de la justicia epistémica. También queda por explorar la dificultad inicial que expresan los residentes para verbalizar lo que sienten ("la poca capacidad que tengo para poner en palabras las cosas que pienso") y cómo la evitación o el temor a abordar situaciones emocionales complejas (como acompañar la muerte de un paciente) requieren un acompañamiento institucional y una formación duradera.


2. ¿Qué fue lo que más te sorprendió durante el curso de tu investigación?

Cómo detectaron que se repetían las preguntas por costumbre más que por curiosidad genuina. A aquel paciente con colitis neutropénica le formulaban, día tras día, la misma: “¿Ayunó?”. Hasta que, con una mezcla de cansancio y pudor, el paciente pidió que no se la hicieran más. Fue entonces cuando la residente, por primera vez, se detuvo de verdad. En lugar del interrogatorio automático, abrió un espacio de silencio y escucha. Y lo que emergió no fue un dato, sino una verdad más profunda: su dolor sostenido, su angustia que no encontraba palabra, su miedo a lo que podía ocurrir. Romper la rutina no arrojó respuestas rápidas, sino humanidad.

Con el mismo gesto de detenerse apareció otra revelación: muchos médicos no evitan preguntar por desinterés, sino por temor. El miedo a causar daño se cuela entre la bata y la voz. “¿Cómo le pregunto a un paciente que está muriendo?”, se preguntan. No es indiferencia; es el temblor oculto de quien presiente que una pregunta puede ser una herida. Y, sin embargo, a veces el daño no está en la pregunta, sino en el silencio que la sustituye.

Algo parecido ocurrió con el joven trasplantado que parecía indiferente, casi hostil. La primera lectura fue la más fácil: “no le importa”. Pero cuando alguien se animó a mirar desde sus ojos, la escena cambió de tono. Su enojo no era frialdad, era una demanda: sentía que no le habían contado todas las implicaciones del procedimiento. No estaba cerrando la puerta; estaba pidiendo entrar en la conversación que lo concernía. Y así, lo que al principio parecía desinterés se volvió un reclamo por verdad compartida. Porque a veces comprender no es añadir información, sino atreverse a cambiar el lugar desde donde miramos.

Observar cómo escribir y reflexionar permitió a los profesionales volver a sus inicios y reencontrarse con el médico sin experiencia que querían ser al comenzar la carrera


3. ¿Cómo se hace una buena repregunta?

Creo que las buenas preguntas se construyen con el otro. Hay que poder detenerse, con curiosidad, y preguntarse: ¿de qué se trata esta historia? Detenerse y dar espacio, explorar las razones sin juzgar y crear un espacio seguro donde la relación pueda generar un vínculo. La bidireccionalidad y la horizontalidad también son necesarias. Cuando pregunto, me pregunto, escucho, me dejo impactar y pregunto y causo un efecto. Esa es una buena pregunta.



Entrevista a cargo de la Comisión de ateneos y actividades para socios de la SAMEN



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