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La dimensión narrativa de la prudencia bioética

12 ago
3 min de lectura

Por Dra. Rosina Pace

Miembro de la Comisión de Bioética de la SAMEN


La bioética suele definirse como la disciplina que orienta la deliberación sobre los problemas éticos que surgen en las ciencias de la salud. En las últimas décadas, la Medicina Narrativa ha puesto de relieve el valor de la escucha, de los relatos y de la experiencia vivida por pacientes, familias y profesionales. A menudo se presenta este encuentro como una convergencia entre dos disciplinas o como el aporte que una hace a la otra.


Sin embargo, quizás convenga invertir la pregunta. Tal vez la narrativa no sea un complemento de la bioética, sino una condición de posibilidad de toda auténtica deliberación. No porque la bioética necesite incorporar relatos para humanizarse, sino porque nunca delibera sobre abstracciones: delibera sobre acciones humanas, sobre deberes frente a una situación concreta y esto solo puede comprenderse al interior de una historia.


La práctica clínica nos obliga, por razones asistenciales, a condensar la complejidad de una vida en una historia clínica. Es un instrumento imprescindible. Ordena datos, organiza acontecimientos, facilita el razonamiento diagnóstico y terapéutico. Pero la historia clínica presupone siempre otra historia: la historia de la persona. Allí donde una registra hechos, la otra les confiere significado. Donde una describe una enfermedad, la otra revela cómo esa enfermedad transforma una vida.


No es una diferencia menor. La deliberación bioética no tiene por objeto los hechos aislados, sino los hechos comprendidos en el contexto de una existencia concreta. Un mismo diagnóstico puede representar una amenaza insoportable para una persona y una oportunidad de reconciliación para otra. Una misma intervención puede vivirse como esperanza, como pérdida o como alivio. Lo que cambia no es el hecho clínico, sino el significado que adquiere en la biografía de quien lo experimenta.


La Medicina Narrativa ha tenido el enorme mérito de recordarnos que la escucha constituye una forma de conocimiento. Escuchar no significa únicamente recoger información ni favorecer la empatía. Significa comprender cómo una persona interpreta lo que le ocurre, cuáles son los valores que orientan sus decisiones, qué vínculos sostienen su identidad, qué proyectos permanecen abiertos y cuáles se perciben como definitivamente perdidos.


Desde la hermenéutica, Paul Ricoeur mostró que la identidad humana no es una realidad fija, sino una identidad narrativa. Nos comprendemos a nosotros mismos contando nuestra historia y reinterpretándola continuamente. La enfermedad irrumpe en ese relato, lo interrumpe y, muchas veces, obliga a reescribirlo. La medicina participa inevitablemente de ese proceso, porque cada decisión clínica modifica, en alguna medida, la historia futura de quien consulta.


La bioética comparte ese mismo horizonte. Deliberar no consiste solamente en analizar un problema ni en comparar cursos de acción posibles. Deliberar exige interpretar una situación humana en toda su complejidad para discernir cuál de esos cursos de acción resulta más prudente. La prudencia no surge de la aplicación mecánica de reglas ni de procedimientos previamente establecidos. Es el fruto de una comprensión profunda de la singularidad del caso, entendiendo por “caso” no la historia clínica, sino la comprensión de una vida.


Diego Gracia insistió durante décadas en que la deliberación constituye el método propio de la bioética clínica. Deliberar es reconocer la complejidad, aceptar la incertidumbre y resistir la tentación de las respuestas simples. No se trata de encontrar soluciones perfectas, sino de identificar, mediante un diálogo riguroso y respetuoso, el curso de acción más prudente para esa situación concreta. Pero esa prudencia presupone algo que con frecuencia damos por descontado: haber comprendido verdaderamente la historia sobre la cual deliberamos.


Quizá por eso la bioética narrativa no deba entenderse como una escuela más dentro de la bioética. Su aporte más profundo consiste en hacer explícito algo que la buena deliberación siempre supo, aunque no siempre expresara con claridad: que las decisiones éticas no recaen sobre enfermedades, diagnósticos o procedimientos, sino sobre personas cuya identidad se despliega narrativamente.


Cuando la historia desaparece, la persona corre el riesgo de convertirse en un problema por resolver. En cambio, cuando la narración ocupa el lugar que le corresponde, el problema recupera su verdadero sujeto y la deliberación encuentra su auténtico objeto.

Ricoeur definía la aspiración ética como «la vida buena, con y para otros, en instituciones justas». Esa formulación resume admirablemente el horizonte de la bioética. Pero entre esa aspiración y la decisión concreta existe un paso previo que no siempre recibe la atención que merece: la escucha. Antes de ponderar alternativas, antes de recomendar un curso de acción, antes incluso de comenzar a deliberar, alguien debe haber aceptado la responsabilidad de escuchar.


Porque la deliberación bioética no comienza cuando identificamos un problema. Comienza cuando una persona nos confía su historia.


 
 
 

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